Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.
Aquel que escribe calla.
Aquel que lee no rompe el silencio.
PASCAL QUIGNARD
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En la segunda parte, más ensayística, el autor establece la relación que el caso de Elisa y Marcela tiene con otros casos a lo largo de la historia -Juana de Arco, Catalina de Erauso, el diplomático francés del siglo XVIII Carlos de Eon, María de Gelves, María de Céspedes y un largo etcétera-,y lo hace sometiendo el objeto de estudio a una interpretación que se resume en que para estas dos mujeres «el hermafroditismo fue la coartada y el travestismo, el instrumento del que Elisa se sirvió para consagrar sus amores con Marcela, que las reivindicaciones feministas hicieron viables». Prudente y sesudo, Narciso de Gabriel expone más que interpreta y es capaz de entretener mientras explica.
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Elisa Sánchez Loriga y Marcela Gracia
Ibeas se enamoraron a finales del siglo XIX en A Coruña. Ambas eran
maestras y acabaron viviendo juntas en la localidad de Dumbría, de
donde Marcela era la titular de la escuela. Pero lo que realmente
distingue esta historia de amor es la estrategia de suplantación que
elaboran para intentar vivir con normalidad un amor que los prejuicios
morales y religiosos de la época consideraba prohibido; y no sólo
vivirlo, sino además vivirlo inmersas en esa misma sociedad que las
tenía sometidas a estrecha vigilancia, vivirlo ante sus propias
narices: «En ocho de Junio de mil novecientos uno. Yo el Doctor Dn
Víctor Cortiella Somoza, Cura párroco de San Jorge de la ciudad de la
Coruña (?), precedida la lectura de las tres canónicas moniciones y
previos los demás requisitos canónico-legales, asistí al matrimonio que
por palabras de presente y mutuos consentimientos contrajeron en esta
iglesia parroquial de San Jorge por una parte: Dn Mario José Sánchez
Loriga (?), y por la otra: Dª Marcela García Ibeas», reza el acta de
boda entre estas dos mujeres, porque, por supuesto, el tal Mario no era
otro que Elisa.
De cómo consiguieron engañar a las autoridades eclesiásticas
y civiles, de cómo intentaron volver a vivir en Dumbría, donde fueron
descubiertas, de cómo tendrían al fin que huir a Oporto, donde las
encontrará la policía e ingresarán en prisión, de cómo se convierten en
el centro de una campaña mediática que se esparce por todo el país y
parte del continente -Emilia Pardo Bazán les dedicó algún artículo;
Felipe Trigo la novela La sed de amar- y que puede resumirse en la
frase con que tituló un periódico gallego el caso: «Un matrimonio sin
hombre»; de cómo Elisa se ve obligada a retomar su papel de mujer, de
cómo consiguen evitar la extradición a España, de cómo Marcela tendrá
una hija, de cómo las tres se irán a vivir a Buenos Aires y allí Elisa
contrae matrimonio con el comerciante danés Christian Jensen con la
única intención de poder estar de nuevo con Marcela, y de cómo en
Argentina se les pierde la pista en 1904, nos habla Narciso de Gabriel
en la primera parte de este libro que documenta la historia hasta donde
puede y la narra con aliento de novela cervantina.
En la segunda parte, más ensayística, el autor establece la
relación que el caso de Elisa y Marcela tiene con otros casos a lo
largo de la historia -Juana de Arco, Catalina de Erauso, el diplomático
francés del siglo XVIII Carlos de Eon, María de Gelves, María de
Céspedes y un largo etcétera-,y lo hace sometiendo el objeto de estudio
a una interpretación que se resume en que para estas dos mujeres «el
hermafroditismo fue la coartada y el travestismo, el instrumento del
que Elisa se sirvió para consagrar sus amores con Marcela, que las
reivindicaciones feministas hicieron viables». Prudente y sesudo,
Narciso de Gabriel expone más que interpreta y es capaz de entretener
mientras explica. Termina el libro con un ruego que todos deberíamos
apuntarnos para evitar hacer pasar calvarios como el de Elisa y
Marcela: «Hagamos que su sufrimiento y la fuerza de su amor (?) no sea
inútil construyendo una sociedad donde nadie sea perturbado por su
forma de ser y de sentir. Una sociedad que no practique la represión,
pero tampoco la injuria, y donde la libertad se imponga a los
prejuicios seculares». Amén.
Leer en [La Nueva España]
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