Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.
Aquel que escribe calla.
Aquel que lee no rompe el silencio.
PASCAL QUIGNARD
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Muchísimas gracias de nuevo a todos los que os acercasteis la semana
pasada a la FNAC de A Coruña para acompañarnos en la presentación de el afinador de habitaciones, de Celso Castro.
Y, como prometimos, para los que no pudisteis estar allí, os hacemos
una pequeña crónica (y colgamos algunas fotos en álbum aparte).
Hasta allá nos acompañó Enrique Murillo (gran editor, actualmente al
frente de Los libros del lince) y creo que dio algunas buenas claves
para entender —como podría parecer si resumimos el argumento en dos
líneas— que el afinador
no es simplemente una novela que narra el verano de un adolescente. Y
es que ese verano es algo más, es una suerte de paraíso. Pero no un
paraíso infantil, donde todo el mundo es bueno, sino un paraíso
adolescente donde, más bien, todos quieren ser malos. Es un paraíso con
dolor, al fin, pero sin culpa. La moral impregna el libro, sí, pero es
una moral distinta, autoconstruida y anclada sobre todo en la
literatura.
¿Y la forma? Bien, el propio Celso Castro habló un buen rato de ello,
ya que es un tema que le obsesiona, o mejor dicho, un tema del que le
obsesiona desprenderse. Porque Castro, antes de sentarse a escribir,
hace un pacto con el narrador, acuerda con él lo que debe ser explicado
y lo deja hablar. Y, claro, el narrador, al verse libre, hace lo que le
da la gana. Decía Castro que sus personajes no son, por ejemplo, como
los de Mann, que en ningún momento pierden la atención, que están
permanentemente volcados en la novela. No, los suyos no atienden, van a
la suya. «Con estos personajes, decía, no vas a ninguna parte.» Pero a
cambio, el afinador transpira una libertad y una anarquía que suenan constantemente a verdad y a vida.
Y es que si Castro tiene un propósito, es el de deshacerse del peso, de
la retórica, de ese tapiz (el escritor) que se interpone entre el
lector y los personajes. De eso que algunos llamarían el estilo. «A
menudo, cuando se quiere elogiar a un escritor, uno dice "qué bien
escribe, qué prosa tan densa". Yo busco lo contrario, que no haya nada,
ni yo». Eliminar el andamiaje para que sólo quede la voz y lo que nos
cuenta. Para crear, como lo llama Castro, «un diálogo de intimidades».
Si después de todo esto aún no pensáis, como nosotros, que este es un
libro verdaderamente especial, sólo nos queda advertiros de una cosa.
En ella insistió también Enrique Murillo; un aspecto, para nosotros,
clave: y es que el libro está lleno de humor. Negro, cínico, decadente,
sí. Pero humor puro. Y para mostrarlo, leyó uno de nuestros fragmentos
favoritos del libro, una de esas pequeñas historias que salpican la
narración aquí y allá, como la del accidente de aviación en China o la
del judío que no pudo dar un paso más... (no, no os cuento más, no
quiero estropear sorpresas).
Aquí os dejo el video con el señor Murillo leyéndonos ese fragmento (clic aquí, y disculpad por la calidad desastrosa de la grabación), y también el texto completo. Espero que lo disfrutéis.
«y a veces, en semana santa nos contaban esta historia y jugábamos a
crucificarnos, y recuerdo que todos querían ser cristo -¡me pido a
cristo! ¡me pido a cristo!- y que un día dejamos a propósito que un
-disonante-* fuera cristo, y lo crucificamos muy fuerte y nos
marchamos, y tuvieron que ir sus padres a rescatarlo por la noche, con
linternas y... eso, que todos querían ser cristo y, sin embargo, yo
quería ser malhechor, pero no el bueno, el adulador, no: el otro. y
quería insultar y burlarme y blasfemar y, de hecho, estaba blasfemando
todo el rato, hasta que se cansaban de oírme y decían -¡a morir!- y
primero se moría cristo, y había un terremoto y caían rocas de las
montañas y se agrietaban los montes y los valles, y se abrían los
sepulcros y salían los muertos y andaban por ahí y... dios, qué asco de
historia... qué porquería... y bueno, se moría el adulador, y sólo
quedaba yo, y todos esperando a que me muriera, y ése era el mejor
momento, era el momento de hacer justicia a aquel malhechor, y de
reconocer su sufrimiento. y yo, que he sido crucificado en varias
ocasiones y, consecuentemente, he tenido tiempo de sobra para meditar,
reconozco su sufrimiento, y reconozco su tristeza, y sé que eran
infinitos. y me lo imagino perfectamente, me imagino que miraría de
reojo a cristo y a su burbuja de luz, y maldeciría su suerte y que,
pudiéndolo haber crucificado cualquier otro día, lo fuesen a crucificar
precisamente ése, y para más inri con el hijo de dios, para hacer
bulto. y es que es muy triste venir a este mundo y pasar toda tu vida
inadvertido, y toda tu muerte inadvertido. y que, con tanto seísmo y
tanto suceso estremecedor y tanto sobresalto, ni siquiera consigas
agonizar tranquilo. y después que se ponga a diluviar y te resfríes, y
que te veas tiritando y con flemas hasta el juicio final. y que quieras
hablar, y pedir ropa de abrigo o unos calcetines y ¡que te calles! que
está cristo con sus últimas palabras y no se oye bien. y que, y ya
termino, todo se cumpla como está escrito -todo está cumplido- y se
muera cristo, y se lleve al adulador -hoy estarás conmigo en el
paraíso- y que se vayan, que se vayan de una vez. y ahora sí, crees que
es la tuya, y no, que enseguida vienen los soldados a quebrarte las
piernas que, la verdad, no les apetece mucho, que están entumecidos,
pero que resulta que es la -parasceve- y los judíos les han pedido, les
han rogado insistentemente que te quiebren las piernas, que mañana es
sábado, y el -sabbath, día de reposo- no se le pueden quebrar las
piernas a nadie y, por otra parte, es de muy mal efecto tenerte ahí,
crucificado»
* Para saber exactamente qué es un disonante, tendréis que leer el libro : )
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