Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.
Aquel que escribe calla.
Aquel que lee no rompe el silencio.
PASCAL QUIGNARD
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No me atrevería a afirmar que el excepcional éxito que acabaría obteniendo El gran Meaulnes,
publicado un año antes de la muerte de su autor cerca de Verdún en las
primeras batallas de 1914, tuvo algo que ver en ello, pero lo cierto es
que el tránsito de la adolescencia a la primera juventud, y las
afecciones sentimentales propias del caso, inspiraron obras apreciables
de varios escritores que algunos sesudos críticos o eruditos avalaron
con su reconocimiento. El propio Francisco Rico prologa ahora, con
sincero entusiasmo de lector, una nueva edición de la novela de Orio
Vergani, Función en el colegio, que recibiera en 1942 el premio de la Accademia d'Italia y fue inmediatamente traducida al español.
Tampoco postularé que este acontecimiento editorial ejerció influencia
en dos obras del mismo corte, publicadas en 1951 y 1952,
respectivamente: La vida nueva de Pedrito de Andía del entonces ya ex ministro Rafael Sánchez Mazas, y Helena o el mar del verano,
de Julián Ayesta. Los tres, Vergani, Sánchez Mazas y Ayesta, coinciden
en explotar el mismo terreno que Fournier había abonado, narrando con
finura y verosimilitud sendas historias de muchachos que empezaban a
volar con alas propias y que inevitablemente llegaban con ellas al
territorio virgen del primer amor.
A diferencia de nuestros dos escritores, Vergani era un profesional de
la pluma, con una intensa carrera como periodista del Corriere della
Sera. Sus pinitos como autor teatral fueron avalados por el propio
Pirandello, pero de entre su producción narrativa sólo perdura, y con
razón, Función en el colegio.
Rico la define como “pequeña obra maestra”, pero también como “una gran
novela menor”. Menor no tanto por la forma, que no tiene tacha, como
por el asunto, como si sobre estas novelas de adolescencia se
extendiera la sombra del sambenito que se proyecta inexorablemente
sobre la llamada literatura infantil y que en este caso concreto puede
verse potenciada por el inevitable sentimentalismo con el que se debe
aliñar la narración del querer y no poder del enamoramiento adolescente
en un contexto social tan cerrado como el de una ciudad provinciana de
la Italia de cuando El gran Meaulnes.
La rígida estructura social, las familias, la escuela y la Iglesia
dejan poco espacio al desahogo de una sexualidad reprimida que Función en el colegio
exuda en la mayoría de sus páginas. Sin embargo, el protagonista, Mario
Rondani, quinceañero huérfano acogido sin demasiado entusiasmo por su
tío, es todo un personaje de una pieza, líder de su banda escolar en la
que una cuestión de faldas provoca incluso heridas de sangre. Pero, al
contrario del odiado señorito Giorgio Ercolani, que tiene la decisión
de, cuando mayor, “pagar a las mujeres”, Mario se enamora de su hermana
Emilia que no le corresponde, que nunca sabrá de su enamoramiento, y
que “si se enamorara de otro, no me importaría nada. Me basta con
quererla yo, y ni siquiera tengo interés en que lo sepa”.
Amor platónico, sí, pero con toda la delectación de un voyeur que
persigue hacerse por cualquier medio con una foto de la amada y que, en
una magnífica secuencia de travestismo, se disfraza el día de carnaval
con las ropas de ella que su hermano le ha proporcionado. Muy
sabiamente, Vergani rebaja tanto licor romántico mediante el desarrollo
narrativamente magistral de dos escenas a modo de gran fresco en medio
del cual progresa la pasión de Mario: la representación escolar en el
colegio de las Ursulinas en la que, con libreto del párroco y confesor
don Carmine, Emilia hace el papel de un centurión romano converso y
mártir, y el baile de carnaval donde aflora el sexo soterrado y nuestro
enamorado se viste con las galas de su amada cuya cara es incapaz de
recordar.
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